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BESITOS DE LA CABEZA A LOS PIES Y DE VUELTA

Por
César Sánchez Vázquez del Mercado
26 May, 2001
 

En esta ocasión, se advirtió que nuestra salida no sería "light", e iba en serio. Por lo que el resultado fue tener la fortuna de lograr esta aventura en compañía de excelentes montañistas: José Manuel Nieves, su novia Diana, y el tradicional Fufo (Rod).

Se trataba de un proyecto de Rod, que en alguna ocasión me hizo partícipe. El había cubierto todo el perímetro del Iztaccíhuatl en cerca de 16 horas, repartidas en dos días. En salidas previas, habíamos considerado que si se estudiaban con cuidado las zonas de altitud de la mujer dormida, era posible lograr este proyecto, digamos en 12 horas, y en un solo día. En otras salidas (de las cuales seguro hay crónicas por ahí), nos habíamos encontrado con problemas de rutas que habíamos dejado pendientes de resolver, por múltiples razones. Pues bien, había llegado la hora de darle duro a este proyecto.

Conseguimos permiso del Director del Parque Izta-Popo, y fijamos la hora de salida para un sábado a las cuatro de la mañana, el plan era llegar a La Joya Justo al despuntar el día, para poder aprovechar lo máximo de luz. Iríamos preparados para todo. Cargamos los coches con todo el equipo desde trekking hasta hielo, y consideramos que era mejor estar preparados, así que incluso nos dimos todo el fin de semana para trabajar en ello, aunque el plan era ocupar solo un día. Sin embargo, el plan real para hacer el proyecto era usar el más puro estilo alpino: No cargar mas que lo necesario: agua, algunos snacks y luz, pues pensábamos llegar de noche.

Así que llegado el día, iniciamos, no sin algunos inconvenientes, por ejemplo, en mi loca carrera en la madrugada para llegar al sitio acordado hacia Amecameca, una patrulla me detuvo, argumentando que "me había pasado un alto". Claro que salí victorioso con mi característico choro, pero perdí media hora... y gané dos o tres mentadas de Fufo, pues han de saber que yo llevaba el permiso, jeje.

Después del trámite correspondiente, pasadas las siete y media de la mañana estábamos listos en La Joya para avanzar. Todos los aparejos en el coche, y nosotros con lo mínimo puesto, era cosa de caminar rápido con ritmo. Era una de esas mañanas raras en el Iztaccíhuatl, que nunca van a dejar de maravillarme: todo completamente congelado. El camino hacia La Joya, restringido ahora, estaba completamente blanco por el hielo, y tan duro que ni los vehículos dejaban huella. La nieve alrededor blanca y sin pisadas, la temperatura más baja que lo habitual. Se veían tolvaneras de nievepolvo a lo lejos, ¡eso era vida!

Puse en cero mi cronómetro, Rod ajustó su GPS, Manuel se ajustó su shield, e iniciamos la marcha. Siempre es difícil el iniciar a caminar, sobre todo si de inicio lo haces con violencia: los músculos se engarrotan mientras no están "calentados", la espalda duele, así que seguro todos tuvimos los primeros minutos de paso rápido con mucha incomodidad. El camino era el tradicional al principio, así que era familiar todo. Subíamos por la ruta a los pies, como si fuéramos a la zona de albergues, pero sólo hasta el segundo portillo...

La mujer dormida en nuestro trayecto nos recordó su fuerza. Durante todo el ascenso, un viento huracanado nos golpeaba. La nieve, por ser nuevo el día, estaba tremendamente sólida, y aquellas tolvaneras lejanas de nieve-polvo azotaban la cara con dolor, y así estuvo hasta casi las nueve de la mañana.

Llegando al segundo portillo, inició lo desconocido: una abrupta vuelta hacia la derecha, que nos enfilaba hacia el lado oriental. Después de cruzar una cresta, nos encontramos de frente con la ladera que descendía claramente hacia Puebla. A Diana le costó lograr el paso, y Manuel se quedaba con ella apoyándola. Como todo el grupo nos asumimos con la experiencia suficiente como para ser completamente autónomos, dejamos que cada quien tomara su paso a conveniencia. Pronto estuvieron caminando al par.

Empezamos a caminar en acarreaderos de rocas, con una nieve blanca y paisajes transparentes y preciosos. A las dos horas de caminata, un montón de piedras sueltas... no es divertido, pero creo que ni lo sentí, sobre todo porque Rod intentaba lavarme el coco para que vaya con él a Perú, y creo que lo logró. Cuando se acercó Manuel, lo secundó en su procedimiento, mientras nos "dejábamos rodar rocas unos a otros"... Así, sin darnos cuenta casi, pasaron unas cuatro horas en el lado oriental, y de repente, tuvimos a la vista las imponentes caídas verticales de los Glaciares Orientales.

A estas alturas, cada quien tenía su paso. Yo venía con Rod, y hacía memoria con el sobre alguna vez que nos "embarcamos" en un ataque sobre una pared, intentando llegar al cuello... –"¿Te acuerdas? ¡Qué pinche miedo"-, le decía. Siguiendo la plática nos encontramos con el pedregal que nos llevaría al Tezcal de Marcos. Situado justamente detrás de la cabeza del Iztaccíhuatl, y mitad geográfica de nuestra ruta. Al llegar, miré mi cronómetro con asombro: cinco horas. Era la una de la tarde, Manuel se había ido a su paso con Diana, y estaba en contacto con nosotros con radio. Ellos sentían que tenían un avance lento, y empezaron a analizar si regresaban. Rod les dijo: -"Si dan las dos de la tarde, regresen del punto donde estén", o sea que tenían una hora más para caminar. A la mera hora no venían tan lento, cuando llegó la hora citada, ya estábamos todos en la cara occidental del volcán, o sea que el camino de regreso más corto era precisamente uno: terminar la circunvalación.

Bajamos al Téyotl, y ya con la pendiente que da a la ciudad de México (Valle de Chalco para ser exactos). Tomamos hacia el sur para enfilarnos hacia la "ruta gamberra" de Chalchoapan que sube al cuello. Ya antes había hecho alguna travesía hacia el sur, y el paso único que conocía era a la altitud del refugio del mismo nombre. Así que llegando a la base del terrorífico Tumbaburros, suspiré hondo y empecé a subir. A la mitad del arenal suena mi radio, con la voz de Rod exclamando: -"¡Por ahí no, buey! ¡Hay un paso librando eso!"-. Con un poco de coraje por haber subido esa rampa terrible en vano, seguí instrucciones por radio de Rod y pronto estuve en el camino correcto, sin salirme de la cota de los 4 mil metros. Él me seguía unos 20 minutos atrás. Y en la retaguardia, Manuel y Diana, todos triangulando por radio.

Con algunas orientadas y desorientadas, di con las rampas de lava (muy bonitas por cierto) y de ahí con el Valle de la Avioneta. Esa zona es tan bonita, que también el tiempo se va. Cuando menos me di cuenta, estaba descendiendo a la boca de la cañada de Alcalican, junto a La Joya. Al darme cuenta del tiempo que llevaba, aceleré el paso. Pronto estuve en el valle de La Joya, y me detuve frente al auto mirando el cronómetro: Nueve horas y 48 minutos. De inmediato se lo grité por radio a Rod, que venía ya descendiendo a La Joya. Se que le agradó a pesar de que me haya contestado: -"Mi papá es bombero y te moja..."

Todos veníamos excelente. Bajamos y completamos la circunvalación en tiempo récord (para nosotros). El sol estaba todavía bastante alto en el cielo. Eran pasadas las seis de la tarde... misión cumplida. La Dama Blanca esta vez sí nos dejó apapacharla.


 
 
César Sánchez Vázquez del Mercado

César es médico cirujano y ha practicado deportes de montaña y escalada desde los 10 años de edad. Tiene también experiencia en buceo y ciclomontañismo. Actualmente se dedica a hacer proyectos de alta montaña en el extranjero. Radica en la Cd. de México.


 
Añadido: May 17, 2006Actualizado May 17, 2006Leído 2794 veces
 

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